• Talleres de shibari en Gijón

    Talleres de shibari en Gijón

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Explotación de la vergüenza en el shibari

Si bien la práctica del shibari es una parte fundamental de los salones en el Kinky Club, ésta no siempre se lleva a cabo. En ocasiones, dedicamos este espacio para reflexionar sobre distintos aspectos, o compartir las propias experiencias y vivencias para, de esta forma, continuar aprendiendo entre todos.

En uno de estos “salones debate” surgieron las ideas que aquí traemos a colación.

La vergüenza ha sido un tema recurrente en diversas veladas. Tratar de comprender desde nuestro pensamiento occidental, un concepto tan profundamente enraizado en el acervo cultural japones.

Planteamientos comunes son : “¿cómo me va a dar vergüenza si hago topless en la playa?”, “pero si me acabo de cambiar aquí mismo de ropa, qué más me da que se me vea mientras me atas”.

Según este argumento, solamente sería posible explotar un cierto pudor y unicamente en aquellas personas susceptibles de sentirlo. Pero sin acercarnos nunca a las emociones asociadas a la “vergüenza japonesa”

Sin embargo, nos encontramos con que este sentimiento sí aparece y no sólo en personas “pudorosas”. Es aquí cuando entra en juego el concepto de exposición.

“Nunca había sentido vergüenza hasta que me pediste que me vistiese antes de atarme”, Dicho por una de las participantes, lo resume perfectamente.

No obstante, la exposición no se limita a mostrar ciertas partes del cuerpo, sino que también afecta a otros elementos como es el olor.

Durante un encuentro, ambas personas están tan cerca que no pueden evitar olerse, aunque no quisieran. Se trata, además, de una forma de comunicación entre ambas, ya que el olor de cada uno va cambiando dependiendo del estado en que se encuentre en ese momento, proporcionando información sobre lo que está sintiendo. Miedo, deseo, excitación, ira,… “El cuerpo nunca miente”.

“Cuando estoy atando, a veces olisqueo a la persona atada; me pego a ella y la huelo de forma que se dé cuenta de que lo estoy haciendo. Para así despertar al animal, le hago saber que ahora sé a qué huele su miedo, su excitación,…”.

Los olores son un tipo de comunicación muy primitiva y un fuerte gatillo emocional. Haciendo consciente a la persona de que se va a acceder a esa información se está creando una amenaza, y su cuerpo va a responder a ella defendiéndose.

“Al notar que me olías traté de esconder la cara, no quiero ver cómo me ves”, “En un momento intenté apartarme, ya no era excitante, me daba vergüenza”.

Haga lo que haga la persona atada, no va a ser capaz de ocultar su olor, ni lo que la persona que la esta atando puede percibir al olerla. Esta constatación, reforzada por la restricción de las cuerdas, genera una fuerte sensación de indefensión

“Después, mediante algún gesto, hago que vea que leí lo que su cuerpo me decía. Teatralizo la forma en que la huelo, haciéndole ver que su cuerpo me esta diciendo lo que ella me ocultaba, al tiempo que le hago saber, por ejemplo, mediante kotobazeme o una mirada cómplice, que se lo estoy contando al público presente”

De este modo se hace partícipe de dicha lectura a los espectadores, que normalmente no están tan cerca como para oler por ellos mismos. Y es aquí cuando se produce la exposición, revelando una información privada de la persona sin que pueda hacer nada para evitarlo.

“Si consiento que me ates, claro que consiento a que TU me huelas… no puedes evitarlo… pero claro, que los demás me huelan,…es otra cosa…”.

Este es uno de los motivos por los que, incluso si no hay espectadores físicos, es importante crear la idea de que el tercer vértice del triángulo siempre está presente; ya que la vergüenza solo va a surgir cuando hay la posibilidad de que otro acceda a una parte privada de nosotros que nos hace vulnerables mostrar.

“Yo consiento a que tu lo sepas, pero no a que lo compartas con el resto”

Es en esta falta de consentimiento, donde la explotación de la vergüenza, por medio de la exposición, cobra sentido; siempre desde el punto de vista de la erotización del sufrimiento.

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